ESCUCHAR Y EMPATIZAR: EL ARTE DE LA MATERNIDAD CONSCIENTE
OLGA BADILLO
Maternar de manera consciente implica una ruptura con la maternidad tradicional, aquella basada en la autoridad, la jerarquía y la obediencia pasiva de los hijos hacia los padres. Significa asumir que nuestros hijos, en cada etapa de su vida, tienen su propia verdad, su propio ritmo, y que se conocen a sí mismos lo suficiente como para decir «no» a una persona, a un trato inapropiado o a una situación que les incomoda.
La maternidad no es un cuento de hadas con un “felices para siempre”. Es, más bien, una montaña rusa de aventuras, cambios, adaptaciones e incertidumbre. En mi experiencia como madre, he tenido que aceptar errores —grandes y pequeños— que me han obligado a evolucionar y a comprender mejor lo que mi hija realmente necesita de mí. La práctica de una maternidad consciente no ocurre en los momentos de calma, sino en los de tensión, conflicto y desacuerdo. Ahí es donde se forjan los aprendizajes más valiosos.
Como madres, la maternidad consciente, nos reta a dejar de lado la idea de que somos la fuente absoluta de la verdad solo por el hecho de ser adultas. En teoría, parece sencillo, pero en la práctica es un desafío. Crecer con la idea de que la edad implica sabiduría y que nuestro rol nos otorga la razón puede dificultar la escucha y el entendimiento genuino en la relación con nuestros hijos.
La maternidad consciente se basa en la empatía, la conexión y el desarrollo de habilidades de comunicación que son valiosas en todos los ámbitos de la vida. La escucha activa, por ejemplo, consiste no en oír solo para responder de inmediato, sino en comprender realmente a quien habla, identificar sus necesidades y sus intereses. Para ello, el silencio —incluso el mental— es clave. Sin embargo, en una sociedad donde la comunicación suele ser abrupta y basada en la inmediatez, detenerse a escuchar sin juzgar es un reto. Inténtalo con cualquier persona en cuanto te sea posible: oír sin interrumpir, sin querer tener la razón, sin aconsejar.
Una comunicación basada en la curiosidad y no en el juicio es esencial, sobre todo cuando nuestros hijos cometen errores o enfrentan dificultades. Preguntar desde el interés genuino, en lugar de interrogar con dureza, permite que ellos se expresen sin miedo. Modular la voz, la intención y la actitud es un acto de respeto que fortalece los vínculos y genera bienestar emocional a las dos partes. Al final, ser escuchado es una de las necesidades más profundas del ser humano y nuestra manera de criarlos influirá en todas sus relaciones, incluso la relación consigo mismos.
Saber que existe un espacio seguro donde no se es juzgado, sino comprendido, es un pilar en la construcción de una maternidad consciente, un pilar en el desarrollo emocional de nuestros hijos y un pilar en la conexión que generamos con ellos.
Sin embargo, muchas veces estamos tan desconectadas de nuestras propias necesidades emocionales y físicas que asumimos que nuestros hijos tampoco las tienen. Imponemos gustos, tradiciones y formas de ser sin dejarles margen para elegir, cuestionar o expresarse. Celebramos sus primeras palabras con entusiasmo, pero más adelante, cuando crecen, nos frustramos si dejan de hablarnos o reemplazan sus frases amorosas por aparentes reproches. Ahí la empatía se convierte en la herramienta que puede ayudar a minimizar los aparentes estragos que la rebeldía o el mal carácter de esa edad, pueden dejar en la relación con nosotras de por vida. Sus cuerpos están cambiando, sus cerebros aun formándose, necesitan más comprensión y menos gritos, más escucha y más conexión.
Nosotras, como madres, buscamos apoyo en el café con amigas, en las charlas que nos permiten desahogarnos y sentirnos comprendidas. Nuestros hijos también necesitan ser escuchados, pero no desde la condescendencia ni desde la amistad, sino desde la madurez de alguien que sabe que equivocarse es parte del aprendizaje. Una madre que guía, que pone límites, pero que no humilla ni descalifica.
Escuchar con curiosidad genera conexiones genuinas y profundas. No se trata de idealizar la comunicación, sino de entender que es una herramienta que puede unirnos incluso en los momentos más difíciles, en lugar de convertirse en un arma que deje heridas permanentes entre madres e hijos.
Escuchemos para conectar y conocer al otro, para que nuestros hijos también se hablen y escuchen sin juzgarse.

