Prudencia

Por: Gaby Pérez Islas

Una de las virtudes cardinales es la prudencia. Aristóteles define como prudencia “la recta razón en el obrar”. Es decir, la virtud que permite que nuestra razón gobierne las propias acciones hacia el bien.

Por el otro lado, Santo Tomás de Aquino decía que las funciones de la prudencia eran las siguientes:

Primero, el consejo que indaga las razones para obrar correctamente.

Segundo, la conclusión que determina como deben emplearse los medios encontrados.

Tercero, el poder que ordena ejecutar el acto que el juicio decidió.

Algunas partes que integran la definición de prudencia son las siguientes:

• La experiencia o memoria de lo aprendido en el pasado

• La inteligencia para ver las consecuencias de un determinado acto en el futuro y conducirlo hacia un buen fin (esta se considera la más importante de las cualidades de la prudencia, y de hecho, le da nombre)

• La humildad ante los consejos de las personas más expertas

• La disposición para resolver acertadamente aquellos casos de urgencia que no pueden esperar a un proceso más elaborado de discernimiento

• La razón que se deriva de la reflexión de los conocimientos acumulados sobre la cuestión
• La cautela o precaución frente a elementos externos tanto impredecibles como predecibles, que pueden ser obstáculo para la consecución del fin.

Tomar en consideración estas cualidades a la hora de tomar una decisión, nos llevará a tomar decisiones prudentes.

Considero que la prudencia puede ser guía y luz en nuestro camino. No es fácil ponerse de acuerdo, pero sí es sencillo entender que todos pensamos diferente y que cada uno trae tras su pensamiento una historia y unas vivencias que avalan lo que cree.

Ser incluyente es tener aceptación, respeto y aprecio hacia la diversidad. Implica derribar las barreras que nos impiden integrar a todos aquellos que enriquecen nuestras vidas y fortalecen a la sociedad.

Al ser la prudencia una virtud, existen vicios que significan lo contrario. Dos son los vicios opuestos. La imprudencia es su contrario más evidente, y se presenta de tres formas distintas:

  1. Actuando conforme al impulso de la pasión o el capricho;
  2. Actuando inconsideradamente, es decir, que descuida el consejo, la sensatez, la razón y la equidad a la hora de formar un juicio;
  3. Actuar de forma arbitraria, es decir, que abandona fácilmente los buenos propósitos dictados por la prudencia.

El otro vicio que se contrapone es la negligencia, donde no se implementan las disposiciones que la prudencia hubiese escogido.

Ahí donde se queman libros, al final se quemaran personas.”
Heinrich Heine


Los tiempos actuales nos piden cautela en nuestras inversiones, en la toma de decisiones y así también en la manifestación de nuestro pensar o sentir. Las redes sociales pueden volverse en nuestra contra en cuestión de segundos por un comentario que ofenda la sensibilidad de otra persona. Precaución, pasos firmes y calculados, pero eso sí, sin perder la autenticidad y el cariño.

En tiempos de pandemia, la prudencia se puede traducir en respeto al otro y dejar la precaución adentro y el miedo afuera.

Recomiendo la lectura del libro Convénceme de vivir ed. Diana para reencontrarnos con el sentido de la vida y poderle decir sí a ésta en cualquier circunstancia.

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