«El peor enemigo de una mujer; otra mujer»…?

Por: Elizabeth Ávila Carrancio

Existen mujeres que siempre nos resultaran admirables, y a pesar de ello se nos ha autoimpuesto la idea de que entre mujeres no exista este rasgo de admiración, nos la han repetido tanto: “Mujeres juntas ni difuntas”, “el peor enemigo de una mujer; otra mujer”, estas “verdades” sociales han sido resultado de años de aleccionamiento sobre nosotras y las otras.

La idea de ser mujer es amplia, existen para analizarlas todo aquello que ahora llamamos interseccionalidades; las hay bebés, niñas, adolescentes, jóvenes, adultas y adultas mayores. Pobres y ricas, clase media, profesionales y otras que no estudiaron. Solteras y casadas, con hijos o sin hijos; madres solteras o jefas de familia; mujeres liberales o mujeres conservadoras. Solo a partir de una mirada integradora podremos referir que; de estas diferencias de quienes somos y como vivimos nuestro ser mujer, nos podemos dar cuenta que somos diferentes las mujeres, para referirnos al “nosotras”.

Rompemos las cadenas para hacer lo que “no se nos permite”; encontrando en este segmento poblacional muchísimas lideresas transformadoras e impulsoras del cambio social y cultural.

Porque a lo largo de nuestra vida nos vemos en la disyuntiva de existir de que nuestra presencia cuente ante una narrativa histórica-religiosa y política, que nos ubica en un espacio específico y nos idealiza en dos mujeres: La Virgen María o la Eva (la santa o la puta), como base teológica y teórica del pensamiento occidentalizado.

La narrativa de los cuentos clásicos se apega a este ideario político social del “ser mujer”, llenándonos de simbolismos sobre “las verdaderas mujeres” o lo que es para la mente occidental ser mujer.

La idea de “las princesas” de cuento de hadas se transmitió de generación en generación (que poco a poco han ido transformando y modificando en su contenido y esencia) la mayoría de las adultas conocimos lo que es ser mujer: competir por la atención de papá (papá en el simbolismo de Electra) y competir con la madrastra en esencia (la rivalidad entre mujeres como un cliché dado por hecho).

Los simbolismos de como ser mujer o a que patrones debemos atenernos en nuestro desarrollo se van solidificando con la imagen religiosa: la virgen o la Eva, o sea la buena y la mala, que logra marcar las ideas preconcebidas de la esencia de ser mujer, lo femenino desde el pensamiento occidental (pertenecemos a la cultura de occidente por la colonización) que aún nos define como racistas, clasistas y muy discriminadores, en relación con las ideas y simbolismos de los cuales nos hemos apropiado.

Nuestra sociedad se descubre con orgullo de la esencia de mexicanidad “como altamente machista”, y nos sentimos bien con eso, emulamos con adoración aquello del macho mexicano y el héroe nacional Pancho Villa (se han documentado hasta 23 esposas con su respectivo matrimonio, aunque se supone que se casó alrededor de 75 veces, pero esto es incomprobable, solo 23 reclamaron ser la “legitima esposa” un bígamo o multigamo orgulloso).

En estos momentos del torbellino electoral deconstruir las ideas preconcebidas e interiorizadas de ser mujer es importante ante la realidad y la necesidad de cambios que estos paradigmas nos presentan, en su libro MUJERES Eduardo Galeano plantea una forma de cambiar el discurso fundacional de la siguiente manera:

Puntos de vista
Si Eva hubiera escrito el Génesis, ¿Cómo sería la primera noche de amor del género humano?
Eva hubiera empezado por aclarar que ella no nació de ninguna costilla, ni conoció a ninguna serpiente, ni ofreció manzanas a nadie, y que Dios nunca le dijo que parirás con dolor y tu marido te dominará. Que todas esas historias son puras mentiras que Adán contó a la prensa. (Galeano, 2015, p. 205).

Los simbolismos discursivos, siempre, nos han colocado en el plano de desventaja “natural” en relación con nuestro par el varón. Pero como lo plantea Galeano ¿qué hubiese pasado si esa narrativa hubiera sido diferente? A partir de la conformación de las naciones occidentales y de las libertades y la democracia ¿cómo hubiera resultado de no preponderar el discurso hegemónico y la narrativa del amo y la “esclava” ?, o ¿del dueño y la sierva de fundamento romano?

Gioconda Belli propone un modelo de país desde una mirada divertida y audaz. Ella cuenta de este país imaginario donde en unas elecciones de Faguas ha triunfado el PIE (Partido de la izquierda Erótica). En donde sus “atrevidas” integrantes tienen un propósito inclaudicable:

Cambiar al rumbo del país (y su propia narrativa de ser mujer), limpiarlo como si se tratara de una casa descuidada, barrerlo hasta sacarle brillo. Pero nada de esto resulta fácil para la Presidenta Viviana Sansón y sus ministras, las cuales se verán sometidas a constantes ataques por parte de sus enemigos.

En esta premisa metafórica rivaliza la realidad con una fantasía de construcción de un lugar mejor para ser mujer y persona en un mundo que se niega sistemáticamente a mejorar, bajo una premisa simbólica ¿será Faguas, al final de su administración femenina, un país mejor? ¿cuáles serán los costos que tendrán que pagar estas mujeres que rompen su propio imaginario social al hacerlo?

Entonces ¿Qué pasa cuando las mujeres quieren hacer las cosas diferentes?

“Defiende tu derecho a pensar. Pensar equivocadamente es mejor que no pensar”, diría Hipatia (de Alejandría), ¿qué resulto de ello? Los varones de su época decían: ¿Qué hacia una mujer hereje dictando cátedra en una ciudad de machos cristianos? La llamaban bruja y hechicera, la amenazaban de muerte, y se la cumplieron de manera atroz, para dejarles claro a las mujeres que ellas no eran quienes debían o podían pensar.

En el caso de la mujer en la política Galeano en su obra MUJERES nos envuelve en la narrativa de la figura de la mujer con poder político por excelencia. La CLEOPATRA, que desde la narrativa del mundo occidentalizado o de los vencedores; proponen a una mujer erotizada, una draconiana come hombres que sedujo a dos grandes generales del Imperio Romano; Julio Cesar y Marco Aurelio, con sus “artes diabólicas” de mujer fatal; obviando la narrativa de una Faraona, cuando no existía esa categoría aceptada en el pensamiento Romano.

CLEOPATRA

“Sus cortesanas la bañaban con leche de burra y miel.”

Después de ungirla en zumos de jazmines, lirios y madreselvas, depositan su cuerpo desnudo en almohadones de seda rellenos de plumas.
Sobre sus párpados cerrados, hay finas rodajas de aloe. En la cara y el cuello, emplastes hechos de bilis de buey, huevos de avestruz y cera de abejas.
Cuando despierta de la siesta, ya hay luna en el cielo.
Las cortesanas impregnan de rosas sus manos y perfuman sus pies con elixires de almendras y flores de azahar. Sus axilas exhalan fragancias de limón y canela, y los dátiles del desierto dan aroma a su cabellera, brillante de aceite de nuez.
Y llega el turno del maquillaje. Polvo de escarabajos colorea sus mejillas y sus labios. Polvo de antimonio dibuja sus cejas. El lapislázuli y la malaquita pintan un antifaz de sombras azules y sombras verdes en torno a sus ojos.
En su Palacio de Alejandría, Cleopatra entra en su última noche.
La última faraona, la que no fue tan bella como dicen, la que fue mejor reina de lo que dicen, la que hablaba varias lenguas y entendía de economía y otros misterios masculinos,
la que deslumbró a Roma,
la que desafió a Roma,
la que compartió cama y poder con Julio César y Marco Antonio,
viste ahora sus más deslumbrantes ropajes y lentamente se sienta en su trono, mientras las tropas romanas avanzan contra ella.
Julio César ha muerto, Marco Antonio ha muerto.
Las defensas egipcias caen.
Cleopatra manda abrir la cesta de paja.
Suena el cascabel.
Se desliza la serpiente.
Y la reina del Nilo abre su túnica y le ofrece sus pechos desnudos, brillantes de polvo de oro.

Y así en el mundo occidental se extienden estas narrativas como las verdades que nos conforman y que se afianzan con las masacres de mujeres sabias en el medievo más oscuro (asesinato por la iglesia de las brujas).

Estas narrativas nos marcan, nos determinan a no ser, a no existir a no permitirnos pensar a ser mujeres desde miradas disparatadas, donde no se puede ser estudiosa o analítica, no se puede tener educación y mucho menos se puede ser líder o estratega desde el ser mujer.

Las etiquetas marcan, definen, controlan y subordinan nuestro papel a ser simplemente las “parejas del hombre”, dedicarnos a servirles y ser para ellos su “Sophie” como propuso Rousseau en el Emilio, o una necesidad biológica que carga de pecado al hombre y si no tienen cuidado los puede someter a sus bajos instintos por vulgar atraso en la mujer, como afianza Shopenhauer.

La construcción del nosotras esta a la vista de toda la humanidad. Deconstruirla y generar nuevas ideas de ser personas, sujetas de derechos, y no objeto de poder es nuestra obligación moral.

Definirnos como personas nos costó demasiado tiempo, construir una nueva narrativa de la sororidad entre mujeres, cambiar el discurso de “la enemiga intima”, nos costara mucha reflexión personal, y social.

El papel de la mujer está siendo transformado por nosotras y otras, por quienes buscamos ver en la otra un ideal a seguir, una líder a quien admirar y un modelo de mujer que no sea solo el tradicional de la: subordinada.

Transformar el mensaje con el cual se define y se somete la definición del “ser mujer” ha llevado siglos de trabajo filosofico y teológico. Cambiar ese discurso social nos va a costar mucho más, porque como bien señala Simone de Beauvuoir:

“El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre las propias oprimidas”.

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